Por: María José Román.
Psicóloga y Educadora Certificada en Disciplina positiva por la Positive Discipline Association.
Las rabietas son un paso más en el desarrollo del ser humano, es algo por lo que todos hemos pasado y que a más de uno como padre le ha traído, cuanto menos, dolores de cabeza. Empiezan hacia el añito y desaparecen (en función de cómo las hayamos abordado) en torno a los 4 años.
Los niños comienzan a desarrollar su iniciativa, a adquirir habilidades y a tener la necesidad (absolutamente lógica y sana) de explorar su entorno y poner en práctica todas sus destrezas desde bien pequeños. Es la manera natural de aprender, de conocer el mundo, sin embargo su inmadurez cerebral, su falta de habilidades y la frustración que esto les genera suelen desembocar en berrinches. De repente, sin que pase nada comprensible para nosotros o porque en nuestro afán de protección y miedo a que pase cualquier cosa hemos impedido que un niño lleve a cabo un comportamiento, nuestro hijo se lanza al suelo, grita, llora, quizás dé manotazos o muerda como si alguien lo estuviera matando. Y queriendo que esto pase lo más rápido posible, para que no sufra o debido a que tenemos un auditorio observando y juzgando nuestras habilidades paternales, regañamos o incluso dejamos hacer o entregamos rápidamente aquello que nuestro niño demanda con tal de que pase el temporal. Efectivamente así es, la rabieta pasa e incluso nos sonríe tranquilo, pero nuestra actuación no ha enseñado nada positivo ni efectivo a nuestro pequeñín; quizás hemos fomentado la sensación de injusticia, de falta de habilidades; probablemente estamos sentando las bases para una mala gestión emocional y de la frustración; incluso si hemos accedido a dejarle hacer aquello que le hizo tirarse al suelo envuelto en lágrimas, estamos enviando el mensaje “la rabieta es el medio para conseguir mi fin”.
Estamos educados y programados para reaccionar instintivamente y, sin embargo, esta no es la estrategia más efectiva. Existen otras que funcionan, estrategias basadas en la conexión y el respeto, en la cooperación y la solución de problemas. La Disciplina Positiva nos transmite esas herramientas que, puestas en práctica ante los berrinches de nuestros pequeños, les ayudan a entender qué les pasa y a sentirse acompañados en el proceso.
Sólo necesitamos paciencia y cariño (y en lo referente a nuestros hijos, amabas cosas nos sobran), aprender a pensar antes de actuar en lugar de reaccionar, comprender por qué está teniendo lugar ese estallido y contar con estrategias efectivas a corto y largo plazo que, además, nos harán sentir bien como padres.
Aprende más en nuestros talleres vivenciales!!


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